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Camino de Santiago – libro VIA LÁCTEA de GuyVeloso (2 cap.)

February 5, 2014

. Prólogo / Capítulo X / Reseñas en la prensa

Livro VIA LÁCTEA - Pelos Caminhos de Santiago de Compostela, de

PRÓLOGO

Solamente Dios conoce el camino
sólo Él sabe dónde está la sabiduría
porque Su vista alcanza
los lugares más distantes del mundo.

LiBro grueso, pesado, con ricas iluminarias de rosetones y entrelazados follages en el frontispicio. Palabras ordenada­mente divididas en tomos, capítulos y éstos, en estrofas. Dibujos en miniatura sobre el papel amarilleado por el tiempo ilustraban tan antiguo texto. Vislumbré ángeles sujetando arpas o, en ocasiones, espadas. Escenas heroicas vividas por hombres, en un tiempo en que los hombres parecían dioses a su imagen y semejanza.

Mi dedo había recorrido nervioso sus líneas, dejando al final que las palabras de un versículo del Libro de Job, elegido al azar­, en una página del mismo modo seleccionada, signifi­casen­ una respuesta a tantas preocupaciones que car­gaba desde mi partida rumbo al Viejo Mundo.

Tan feliz elección, en medio de tan numerosa gama de posibili­dades, con seguridad significaba un buen presagio, feliz augurio, un óptimo comienzo. En aquel momento de indecisión e inseguridad, era lo que más necesitaba. En realidad era lo único que tenía.

Todo había sucedido muy rápido: la decisión, el pedir las vacaciones y la fila de espera en el aeropuerto. Había llegado a Europa hacía dos días y todavía sentía el olor de casa, podía escuchar las voces­ de amigos y familiares. Recordaba el sabor de la comida y el gusto tranquilo de días y noches siempre iguales.

Durante meses soñé con este viaje rumbo a lo desconocido, a la aventura y al aprendizaje. Y, en el momento en que final­men­te comenzaba, me sentía como un niño que oye el primer trueno antes de la lluvia.

Por un instante, me pregunté si estaría realmente pre­parado. Si aquél sería el momento adecuado, el tiempo más propicio para realizar la tarea que hacía mucho me había prometido.

Pero pronto descubrí que en realidad nunca estamos verda­deramente preparados; que, si esperase siempre por el instante más favorable, nunca seguiría hacia delante. Me quedaría siempre en el mismo lugar, con las piernas enrigecidas por la duda.

Hacía tiempo había leído y escuchado muchas crónicas sobre un itinerario medieval de peregrinación que se prolonga por todo el norte de la Península Ibérica. Desde el siglo IX, in­di­viduos del continente europeo partían de sus ciudades y países recorrien­­do a pie o a caballo centenas de kilómetros, utili­zando la mayo­r parte de las veces el mismo camino hasta la ciudad de Santiago­, en el extremo oeste de España, donde se cree que está sepultado el santo homónimo, apóstol de Jesús­, el Cristo.

Esa Ruta, o el conjunto de ellas, demarcada a través de los siglos por los pasos de los peregrinos, se pasó a conocer popularmente como el Camino de Santiago de Compostela.

Mis pies se posaban sobre la historia de la propia Europa, la pequeña ciudad de Saint-Jean-Pied-de-Port, capital de la Provin­cia­­ de la Baja Navarra, al suroeste de Francia, región pre­do­mi­­­nan­­­­te­­mente de etnia vasca, minoría tanto en aquel país como en España. A pocas millas de la frontera española, en el corazón de los Montes Pirineos, Saint-Jean es uno de los puntos de partida más tradicionales de peregrinos.

Eran las 11h30 de la mañana del día 5 de junio de 1993. Estaba sentado al lado de una vieja estantería cubierta de libros llenos de polvo en la antesala de la Asociación Francesa de los Amigos de Santiago, una de las organizaciones que hoy lucha para que esta remota tradición perdure. Esperaba, impaciente, mi turno para ser atendido por su mentora, la Señora Debril, figura singular y famosa por su labor de divulgar el Camino y celar por los viajantes.

Allí, recibiría la Credencial del Peregrino, documento oficial que me daría diversas prerrogativas, como, por ejemplo, per­noc­­tar gratuitamente en albergues especiales y monasterios­ a lo largo de la Ruta.

En mis manos, la antigua Biblia aún abierta, prendía mis ojos sorprendidos y marcaba como debería ser mi Camino de allí en adelante; un trayecto en busca de la sabiduría, de la ver­dad. Si alcanzaría mis objetivos, era imposible saberlo todavía.

“No me compete conocer el camino antes de recor­rerlo”, pensé.

En mi mente, imágenes de un tiempo en que muchos se sacrificaron con el fin de cruzar los campos verdeantes de España y adorar los restos del Apóstol, tenidos como milagrosos. Se aventu­raron por tierras inhóspitas y salvajes, sujetos a la constante amenaza de los enemigos musulmanes. Historias de centenares, miles de caravanas medievales que se sometían­ a una jornada larga, peligosa y extenuante, que no raramente llevaba a la enfermedad y a la muerte.

Sentía como si cada uno de los peregrinos que habían dejado sus huellas por estas tierras santas a través de los siglos clamase para que continuara con esta tradición. Pidiendo que no desistiese. Rogando que continuase siempre adelante, pues la memoria de las peregrinaciones debería ser renovada. Siempre.

Antes de que la Señora Debril lo notase, con cuidado y respeto recoloqué el libro sagrado de nuevo en su lugar en la estantería. La suerte de haber abierto por pura inspiración el volumen correcto, exacta­mente en el tomo, página y versículo que guardaban las palabras que yo más necesitaba, me llenó de ánimo. Coraje.

El consuelo de aquella sentencia bíblica me hizo salir un poco de la realidad: me olvidé que, a finales del siglo XX, estaba decidido a, solo, recorrer a pie los 800 kilómetros que separaban la pequeña ciudad francesa de Saint-Jean-Pied-de-Port de mi destino y meta final, la suntuosa Catedral de Santiago.

Y, mientras hacía ya casi una hora que esperaba por Debril para transformarme oficialmente en peregrino, continué recordando la historia gloriosa del Camino de Santiago de Compostela.

Tradición milenaria que, en tan poco tiempo, ya había entrado­ como un susto en mi vida. Historia que entonces comenzaba a mezclarse con la mía propia.

Capítulo X

El CUARTO ELEMENTO

UNa fUErte neblina cubría los matorrales que rodeaban San Juan de Ortega, dificultando el trayecto por la baja visibilidad. Por poco no me perdí entre varios caminos que los campesinos habían abierto en los prados. A medida que caminaba, iba encontrando enormes cruces de madera hincadas en el suelo que, además de servir como puntos de referencia, daban, mezcladas con la bruma, una visión surrealista, enigmática.

Parecían brotar de la tierra. Eran muchas, decenas de ellas esparcidas a lo largo del trazado hasta Burgos, como si es­tuviesen allí solamente para recordar que el Camino de Santiago también era un camino de sufrimiento, de obstáculos; mostrando el precio que todos tendrían que pagar antes de conquistar sus ideales mayores. Aviso para que no fuesen olvidadas la humildad y las experiencias, buenas o malas; cargándolas, día a día, junto con nuestro equipaje. Nuestro fardo.

Y la mochila pesaba en la espalda y los zapatos herían cada vez más los pies.

El recorrido se bifurcaba en tres vías posibles, llevándome a es­coger la más ordinaria, y no por eso menos auténtica. De allí en adelante, más concretamente hasta la entrada en Galicia, el trayecto se­ría casi siempre plano, asentado sobre la antigua vía mili­tar romana Burdeos-Astorga, también conocida como Via Traiana.

Por caminos de tierra desnuda crucé campos repletos de frutales, prados, páramos y pueblecillos tranqüilos. En uno de ellos, Cardeñuela, una fuente de piedra construida por los romanos, seguía for­neciendo agua a los caminantes. Al lado, en un muro, estaba pintado en letras garrafales algo que a todo conchero de paso por allí no le gustaría que le fuese recordado: “A Santiago, 476 km”.

Pasé por algunos pueblos interesantes, insistiendo como siempre en conocer, fotografiar y conversar con la población local. De este modo, muchas veces tardaba el doble del tiempo normal para alcanzar los objetivos.

Aquel día caminé lento, aprovechando el paisaje extenso de la llanura y los encuentros amistosos hasta Hornillos del Camino. Un poco más adelante, llegué a un refugio solitario en medio de la gran meseta, el Arroyo Sambol, una nave construida entre prados y cultivos, a millas de distancia de cualquier población, con la finalidad de no desviar el auténtico trazado medieval que pasaba por allí hacía siglos ininterrumpidamente.

Allí, se encontraba sólo una pareja de franceses. Ellos habían elegido aquel albergue longincuo – sin colchones ni baño – como su hogar por un día y juntaban rastrojos secos para una hoguera que iluminaría su noche en aquel retiro.

Les ayudé en ese trabajo descubriendo pronto, pasmado, que ambos caminaban hacía más de tres meses, desde que habían cerrado la puerta de su casa y se habían echado a andar desde allí, en Mont Saint-Michel, en Normandía.

Poco a poco fueron llegando algunos aldeanos de las villas adyacentes que además de muchas historias, traían vinos, quesos y embutidos. El más anciano de ellos, sin mayores pudores, agarró mi camiseta de la selección que secaba al sol y agradeció el “regalo”, recordando alegremente los tempos de Pelé. ¿Qué podía hacer?.

Después del banquete, decidí partir, descansado y ávido para vencer algunas leguas más del ancestral Camino de Santiago, mientras el viejo agricultor vestía, feliz, “su” camisa – con el 10 a las espaldas – todavía húmeda.

Marché a través de campos despoblados durante algunas horas más. Eran plantaciones y pastos aún con los colores de la primavera, estación que hacía poco había cedido su lugar. El calor encharcaba mi camiseta pegada al cuerpo por el sudor, mientras progresaba desenvuelto, con la libertad de andar hacia donde la nariz – y las flechas amarillas – apuntaban.

El sendero se volvía cada vez más estrecho, en la anchura exacta de un pequeño tractor. En las proximidades no había aldeas, granjas ni tampoco corrales de ganado. Nadie alrededor, mucho menos coches o máquinas. Solamente una densa vegetación rastrera se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Arbustos verdes en distintas tonalidades, flores del campo que también se balanceaban con el viento fuerte, en un horizonte coloreado sin fin.

Había también pajarillos. Venían de todas partes, más curiosos que asustados. Sobre mi cabeza hacían movimientos sincronizados y malabarismos diversos. No paraban de cantar y daban la impresión de que volaban cada vez más cerca. Y eran muchos.

Canté alto con ellos. Una única música, en otro tono. Tal vez haya incluso bailado con mochila y todo, no recuerdo. Creo que la magia del local me tomó por entero.

De tan lento, decidí parar por unos instantes en medio de una plantación de trigo. Hipnotizado, sentí una comunión con aquellos ramos dorados, con aquella fragancia seca y con los rayos solares que besaban mi rostro.

Solamente algún tiempo después, percibí que no había allí parado por acaso o incluso por voluntad propia. Era como si algo me invitase a quedarme. Parecía que hacía mucho tiempo yo ya había hecho aquello.

Pasé a recordar mis días de peregrinación. Me acordé de la lluvia, mi compañera en la travesía de los Montes Pirineos. El sol flameante de las jornadas en Navarra. Y el viento dulce con el olor de los viñedos de La Rioja.

Agua, fuego, aire: faltaba todavía un reino.

En un impulso irresistible, me arrojé al suelo, una alfombra ondulada de arbustos, sin miedo de ensuciar las ropas o de irritar la piel ya muy castigada por el sol. Toqué aquel suelo rugoso y aproximé mi oído izquierdo a lo que parecía ser el centro de la tierra.

Estirado en el suelo, escuché algo. Un sonido viniendo del corazón del planeta. Inconfundible, pues allí apenas estaba yo, la brisa y los pájaros haciendo ruidos.

El tiempo se detuvo. No había día ni noche. Ni horas o segundos. Todo porque la tierra, el cuarto elemento, estaba hablando en su latido conmigo. En aquel momento, éramos un solo latido de ventrículos.

Abrí los ojos y todo comenzó a girar. Me di la vuelta, abrí mis brazos y contemplé el inmenso cielo azul de nubes blancas y llenas que se movían a una velocidad de vértigo, al mismo tiempo que demostraba una protección e intimidad que nunca había percibido.

Comencé a reflexionar sobre cómo era el mundo visto desde aquel ángulo. A la altura de los ojos, las matas parecían altos árboles, casi inalcanzables. Por ellos, una araña – entonces colosal – se paseaba por sus gruesas y hartas ramas. Una abeja se convertía en vistosa águila sobrevolando sus copas frondosas, mientras me saludaba.

Sí, ¡yo vi otro mundo! Un mundo verdeante, panteístico. Me sentí tan pequeño como para formar parte de aquella densa selva de arbustos gigantesca, águilas amarillas que zumbaban y de gotas de rocío que podrían fácilmente llenar mi cantimplora.

Y mi pecho se llenó de entusiasmo por pertenecer a esta, ahora también mía, tierra azul y verde.

Reseñas el La Prensa

La obra es un paseo por el alma humana,

en el que el autor se descubre a cada paso.

Los 800 km de sufragio español gana, además de la

descripción física, momentos de poesía  pura

y – lo que es más importante – original

REVISTA HORIZONTE GEOGRÁFICO

Vía Lactea cuenta toda esta historia, mostrando las

transformaciones interiores por las que pasan los peregrinos

REVISTA ADVENTURE

 

Para quien quiere entender las razones que llevan a que

las personas recorran centenares de kilómetros a pie

REVISTA SEXTO SENTIDO

Sirve como ejemplo de las vivencias cotidianas del Camino y de

las experiencias que él nos proporciona

REVISTA PLANETA

Vía Lactea está ricamente ilustrado con fotos del Camino

REVISTA PHOTOS

Un texto agradable y de bellas imágenes

REVISTA PHOTO&CAMERA

Los elementos descritos por la visión de Guy Veloso

son interesantes por el propio buen portugués, escrito

en un estilo superior. Su libro servirá de guía a los entu-

siastas del Camino de Santiago. Lectura recomendada.

SUNDAY NEWS-SP

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